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DE CHAZA DE VENTA DE DULCES A EMPRESA DE COBERTURA MUNICIPAL

DE CHAZA DE VENTA DE DULCES A EMPRESA DE COBERTURA MUNICIPAL

Antes del año 2012, la abuela caminó todos los días de la semana para ir a su negocio que se encontraba entre el Parque Norte y la Universidad de Antioquia.

Su lugar de trabajo era una chaza plateada que entregó la Alcaldía de Medellín para que ella y otras personas pudieran ofrecer sus productos. Allí vendía dulces, mecato, gaseosas, café y el famoso servicio de “minuto a 200 todo operador” a los universitarios que salían de sus clases a las familias que ingresaban o salían del Parque Norte y a las personas que iban de camino por esa vía.

El cansancio llegó y con esto la idea de que un año después mamá se encargara de la chaza que contaba en ese momento con un inventario de $100.000 y con un nivel de ventas que diariamente oscilaba entre los $3500 y los $10.000.

Vender en estas tiendas ambulantes se considera como una experiencia llena de incertidumbres, pero también de historias de personas que se acercan para desahogar uno que otro suceso del día o de la semana, que necesitan conversar con un cómplice distinto a su entorno de amigos o familiares.

Debo expresar, sin embargo, que la economía que allí se genera apenas alcanza para cubrir los gastos propios del negocio y los de las necesidades básicas que hay en casa.

Este tipo de economía no se encuentra únicamente fuera de los establecimientos comerciales y culturales. En las universidades también se encuentra vigente y es considerada como la fuente de ingresos de muchos estudiantes para solventarse sus gastos universitarios que corresponden a los pasajes, las fotocopias, los libros, la comida y el pago del semestre.

En Medellín es habitual encontrar chazas en la Universidad Nacional y en la Universidad de Antioquia como sedes de universidad pública donde es frecuente encontrar estudiantes de estratos sociales 1,2 y 3.

Los cambios que afrontamos
El año 2013 marcó el inicio de nuestro negocio, porque mamá logro aumentar el nivel de ventas por la disciplina y el empuje que llevaba.

Los que vivíamos por la zona fuimos reubicados en Ciudadela Nuevo Occidente cerca al corregimiento de San Cristóbal y allí empecé el negocio con papá y mamá como socios buscando la manera de proveer a los clientes los productos relacionados con dulces, mecato y gaseosas que ellos necesitaban. Nos arriesgamos con $5’000.000 para empezar, después que un domiciliario que conocimos en el barrio donde vivíamos antes nos dijo que con ese capital podríamos hacerlo.

Durante varias semanas visitamos todas las chazas que había en la zona contándoles del servicio que queríamos ofrecerles.

El primer año fue duro, porque no fue fácil ganarnos la confianza de los clientes y adicionalmente los pedidos los llevábamos a domicilio sin tener un transporte y con los paquetes al hombro.

Recuerdo que las primeras veces se burlaban porque no comprábamos la moto que necesitábamos para transportar las cosas, pero estábamos convencidos de que era necesario invertir primero en el negocio con las herramientas que teníamos disponibles.

El salario tampoco existía. Todas las ganancias de las primeras ventas fueron para el negocio y para el pago de la deuda que adquirimos con el banco por el préstamo de esos $5’000.000.

Durante ese tiempo, mamá se encargó de sostenernos con las ventas en la chaza: papá se encontraba desempleado y yo terminaba el último semestre de la universidad.

Los frutos se vieron después. El inventario del negocio llego a ser de $1.000.000 y los retos llegaron cuando el negocio comenzó a crecer: el apartamento donde vivíamos y donde además funcionaba como bodega se nos quedó corta y tuvimos que buscar un lugar donde viviéramos y pudiéramos tener una bodega independiente.

Al conseguirlo y tener éxito por encontrarse en un sector estratégico, el dueño del apartamento y el local nos subió el arriendo de manera considerable.

Esto nos motivó a trabajar más fuerte para que el negocio nos permitiera cubrir el aumento de ese gasto.

A partir de esa experiencia, nos destacamos en el sector por ser puntuales y confiables en el servicio y en la entrega de los productos. Esto nos permitió realizar la compra dos motos con los que dejamos de hacer las entregas a pie y logramos tener una mayor cobertura de clientes.

Con el tiempo, también pudimos asignarnos un salario que inicialmente era muy limitado. Ahora tenemos la posibilidad de que el negocio nos cubra el salario a los tres, al domiciliario que trabaja varias horas a la semana y contamos adicionalmente con roles específicos relacionados con la logística del negocio. Esto permitió que cerráramos el negocio en la chaza en el año 2018.

Hemos tenido tanto reconocimiento y tanta fuerza en la ciudad que tuvimos que replantear el nombre y la visión del negocio. Inicialmente se llamaba “Distri Nuevo Occidente” porque queríamos ser fuertes en la zona donde nos movíamos, pero el nombre ya no generaba conexión con los clientes que se encontraban en la ciudad.

Decidimos cambiarlo por Dulcería.co, que hace sentido con lo que hacemos y los clientes se sienten más identificados con él.

Actualmente contamos con la alianza de la multinacional Colombina y otras empresas que han querido que seamos nosotros los distribuidores de sus productos en la ciudad.

La historia no para aquí. Las sorpresas siguen llegando y tenemos muchas cosas que contarles.

Soy Juan Mauricio, y tenemos mucho que celebrar a través de los dulces.

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